Bellezas de Nicaragua

“LA FELICIDAD TECNOLÓGICA -DE UN CAPITALISMO SIN FUTURO A UN FUTURO SIN CAPITALISMO " (Andrés Herrero).- Entrega No. 9. General (USA) Smedley Butler; “Nada hay más afín a la bandera que la cartera”.

2016.10.07 13:58 RaulMarti “LA FELICIDAD TECNOLÓGICA -DE UN CAPITALISMO SIN FUTURO A UN FUTURO SIN CAPITALISMO " (Andrés Herrero).- Entrega No. 9. General (USA) Smedley Butler; “Nada hay más afín a la bandera que la cartera”.

La primera globalización colonial tomó como excusa evangelizar y sacar de su atraso secular a los pueblos indígenas (algo que nadie les había pedido); ahora la segunda campa a sus anchas por el mundo enarbolando la bandera de los derechos humanos, la democracia y el progreso; solo ha renovado el eslogan publicitario, no el saqueo.
Para los pueblos indígenas, el contacto con la civilización equivale a una OPA hostil. De golpe, su cultura es borrada del mapa, y sus valores se deshacen igual que los árboles y criaturas de la jungla ceden ante el empuje de las excavadoras y sierras mecánicas que los atacan. Su espíritu es colonizado, y la sicología de la sumisión (el síndrome de Estocolmo o intento de congraciarse con sus verdugos), les lleva a sustituir sus patrones tradicionales por los del vencedor. Al igual que los animales que sobreviven al contacto con la civilización terminan en un zoo o una granja, los nativos desarraigados acaban sus días hacinados en los suburbios de las grandes ciudades, las “reservas” destinadas a encerrarlos tras los barrotes de la miseria.
Nada hay más salvaje que esta civilización en la que el capital impone su dictadura planetaria a golpe de marine, deuda externa y sumisión al mercado, como confiesa uno de sus más laureados protagonistas:
«Los militares no desconocen ni uno solo de los trucos de la mafia. Si recurro a esta comparación, lo hago en aras de la veracidad. Estuve treinta y tres años y cuatro meses al servicio activo de los marines.
Pasé por muy diversas graduaciones, desde subteniente hasta general de brigada. Y en este periodo, dediqué casi todo mi tiempo a hacer las veces de matón a sueldo de las grandes empresas, de Wall Street y de los banqueros . La bandera sigue al dólar, y los soldados siguen a la bandera.
En 1903 “preparé" Honduras para las empresas frutícolas de EEUU.
De 1909 a 1912 ayudé a limpiar Nicaragua de subversivos por el bien de la banca internacional.
En 1914 colaboré a garantizar los intereses petroleros de EEUU en México.
En 1916 allané el camino a las empresas azucareras de EEUU en la República Dominicana. Hice de Haití y Cuba lugares decentes donde los chicos del National City Bank pudieran hacer suculentos negocios.
Colaboré también en el saqueo de media docena de repúblicas centroamericanas, y en China eliminé los obstáculos que podrían entorpecer el funcionamiento de la Standard Oil.
Mi historial es largo.
Estuve al frente de un negocio próspero, como dirían los hampones.
Al recordarlo, tengo la impresión de que podría haber dado unos cuantos consejos a Al Capone, porque él se limitó a dirigir una red de crimen organizado en tres distritos, mientras que yo actué en tres continentes.
La guerra sólo es un robo organizado. El más lucrativo de todos. El único negocio en que los beneficios se cuentan en dólares y las pérdidas en vidas».
El testimonio del general Smedley Butler demuestra que nada hay más afín a la bandera que la cartera.
Las guerras, agresiones y genocidios que el primer mundo comete contra el tercero son el fiel reflejo de las tensiones, represión y violencia latentes en las sociedades civilizadas; violencia que le sirve de válvula de escape para canalizar la ira y frustración acumuladas de su propia población, demostrando como manifestaba Nietzsche que “la guerra es la salud del Estado”:
«El nacionalismo no apareció en Europa hasta el Renacimiento, cuando la tecnología permitió a cada hombre alfabetizado ver su lengua materna como una realidad uniforme.
La imprenta, al multiplicar los libros al por mayor, a todo lo largo y ancho del territorio, unificó los dialectos regionales, convirtiéndolos en sistemas cerrados de lenguas nacionales.
Con su capacidad de reproducción mecánica, homogeneizó al hombre, haciendo posible el militarismo de masas, la mente de masas y el comportamiento de masas; la uniformidad de los mercados y el transporte, creando una unidad a la vez económica y política que centralizaba todas las energías de la sociedad.
El individuo estandarizado por la imprenta, pronto adquirió el concepto de nación como una imagen intensa y seductora de destino y estatus de grupo».
Pocas cosas puede haber peores que embrutecer a la gente, extirpándole la conciencia y la dignidad, obligándola a vivir en precario, al borde del abismo, colgada del hilo del beneficio, como reflejaba magistralmente Jack London en su crónica; crímenes que harían palidecer los mucho más célebres que cometía Jack El Destripador en la misma época.
Y si esos eran los miramientos con que Gran Bretaña trataba a sus súbditos, podemos imaginar los que dispensaba a las personas situadas a miles de kilómetros de distancia de la metrópoli.
Nuestro grado de barbarie se revela en el modo como tratamos al resto de seres humanos y criaturas del planeta.
Respetamos el dinero, pero no los mares, los bosques, los animales o la atmósfera.
Nuestra productividad crece siempre menos que nuestra ambición.
“Progreso” es el nombre que damos a nuestras destrucciones; “civilización” sinónimo de rapiña.
Denominamos “enriquecerse” a talar un bosque, “urbanizar” a cementar la costa.
La nuestra es una doble moral, que mientras por un lado defiende la democracia y los derechos humanos, por el otro practica el genocidio silencioso del hambre y el paro: hace mucho tiempo que los derechos humanos perdieron la batalla contra los derechos del mercado.
La declaración universal de derechos humanos habría que completarla con el derecho a morirse de hambre y carecer de trabajo, vivienda o sanidad para que resultase creíble. Porque en este mundo el dinero es el que ostenta todos los derechos. Quien más gana, más derechos y razón tiene.
La democracia se reduce a depositar un papel en una urna cada cuatro años.
El voto es el precio de la resignación.
Un pequeño peaje que el capital paga gustoso a cambio de obtener la paz social y manos libres para actuar.
Por algo“vivimos en la mejor democracia que se puede comprar con dinero”, donde ya John Jay primer Presidente del Tribunal Supremo de EEUU dejó sentado con claridad que “las personas dueñas del país, deben ser las que lo gobiernen”.
Un principio constitucional que el presidente Rutherford Hayes confirmó al señalar que “su gobierno era de empresarios y para empresarios”, y que su nación ha venido cumpliendo escrupulosamente desde el mismo día de su fundación.
La vida se ha convertido en un mercadillo en el que todo se compra y todo se vende: órganos, genes, hijos, sexo, relaciones, salud, juventud, belleza, intimidad, justicia, honradez, dignidad, iglesias, sindicatos, partidos, parlamentos, gobiernos, leyes, elecciones… la prostitución se ha vuelto universal.
El oficio de prostituta ha desaparecido porque ahora todos lo somos.
Hacer de la vida un negocio es el peor negocio que podía haber hecho el hombre.
Explotación, manipulación, especulación y corrupción son las cuatro notas que caracterizan al mercado y constituyen el terreno abonado para que florezca.
Los ladrones son hombres de negocios, los hombres de negocios son ladrones.
Desgraciado aquel que esté libre de sobornos y comisiones porque no firmará un contrato.
La corrupción está institucionalizada y va incluida en el sueldo.
Bajo el capitalismo la acumulación es virtud y ser persona no resulta rentable.
El capitalismo no es el sistema que crea más riqueza, sino el que produce más millonarios, que no es lo mismo.
Los habitantes de los países subdesarrollados padecen privaciones materiales y los del primero carencias espirituales.
Lo que falta no es riqueza, sino conciencia. Religión o miseria, una de las dos sobra.
submitted by RaulMarti to podemos [link] [comments]